El viaje a la persona que deseas ser, el camino de los Valores

Cómo convertirte en la persona que deseas ser.

Coaching y desarrollo personal en Valencia

Te doy una pista, esa persona que deseas ser nace de tus Valores, no de tu Ego, así que potencia aquello que, realmente, es importante en tu vida, lo más alto que hay en ti.

La única posibilidad de tener las relaciones que anhelas, encontrar la forma de ganarte la vida que deseas, lograr que tus hijos se comporten de la forma que te gustaría y tener la mejor sociedad posible en la que vivir, es ser el socio, trabajador, padre y ciudadano que deseas ser. Hay una frase de Gandhi, que todos conocemos, y que aquí viene al pelo: “Sé el cambio que deseas ver en el mundo”. Un consejo que a veces, nos cuesta entender.

Y eso genera una pregunta, que está implícita en la muchos de los correos electrónicos que recibo todos los días de personas que quieren mi asesoramiento como coach o formador. Normalmente, esos correos son bastante largos y, en general, se centran en quejas sobre temas de familia, problemas con compañeros de trabajo o en las relaciones con otras personas. Como formador en comunicación, siempre he querido transmitir que, la primera y más importante comunicación, es la que establecemos con nosotros mismos. Y también se detecta en esos correos, una comunicación oculta que, a veces, más parece un grito: “Pero… ¿Por qué narices aguanto esto?” Y eso lleva a plantear una pregunta más profunda: “¿Qué clase de persona soy qué sigo sin hacer nada?” Y aún más importante, “¿Qué tipo de persona quiero ser?”

Creo que muchas veces no tenemos muy claro que es lo que deseamos en la vida y, sin embargo, si tenemos muy presente que es lo que no nos gusta en ella. Pero no hacemos nada. Porque no sabemos quién queremos ser, no tenemos claro cuál es nuestro propósito.

Aquí te planteo ocho preguntas importantes

  1. ¿Quieres que tu vida esté guiada por tu ego, o motivada por tus valores más profundos?
  2. ¿Desea tener razón y que los demás se sometan a lo que deseas o que compartan su energía contigo voluntariamente?
  3. ¿Deseas ser reactivo con otras personas o actuar en función de tus intereses a largo plazo, sin importar lo que otros hagan o digan?
  4. ¿Deseas devaluar a otras personas para sentirte superior o considerarlas valiosas para tu propio crecimiento?
  5. En tus relaciones más íntimas, ¿qué es lo que más deseas, poder o valor?
  6. Si elegiste la primera parte de cualquiera de las anteriores, ¿la cadena de resentimiento que arrastras por la vida te ayuda a ser la persona quieres ser y la vida que quieres vivir?
  7. ¿Qué es más importante para ti, las cosas que te molestan y te generan más resentimiento, o tu bienestar emocional y el de las personas que amas?
  8. Si en este instante acabara tu vida ¿Cuál sería tu último pensamiento sobre ti y sobre tu vida, sentirías frustración y rabia o paz y satisfacción?

El problema con cualquiera de las preguntas anteriores proviene de egos que son más grandes que los valores. Siempre que el Ego entra en acción, quitamos valor a los demás, aparentemente, pero yo pienso que, además, nos quitamos valor a nosotros mismos, ya que no tenemos en consideración lo que los demás nos pueden aportar en nuestro crecimiento personal ni en nuestra evolución vital.

Ego y Valores

El sabotaje del ego.

Puedes pensar en el ego como una compilación de las formas en que prefieres pensar y sentir acerca de ti mismo, combinado con la forma en que prefieres que los demás piensen y sientan acerca de ti, en definitiva, un patrón de pensamientos y, al tiempo, una máscara. Aquellos que se consideran como especialmente importantes, es probable que manipulen a los demás para parecer más importantes y sentirse en el centro de todo. En psicología social hay una explicación para eso, se llama “Formación de impresiones”. Las personas con grandes egos invierten mucho en tratar de formar las impresiones que los demás tienen de ellos para poder manipular el criterio con el que los demás les tratan. Pero al mismo tiempo tienden una red de seguridad para cuando sus esfuerzos no son suficientes y no llegan a cubrir las expectativas. Cuando no consiguen que los demás les den la importancia que piensan tener, simplemente consideran a quien no les sigue el juego como personas sin importancia y, a veces, como enemigos o incluso demonios. Y aceptar su propia imagen, inflada y maquillada a su gusto, es la única forma de escapar de la condena y la vergüenza. El detector de amenazas, desarrollado evolutivamente y que está incrustado en el sistema nervioso central para mantenernos a salvo de los peligros, ha sido redirigido hoy en día hacia la protección del ego.

Aquellos que se sienten obligados a defender su ego inevitablemente, más pronto que tarde, violan sus valores más profundos, las bases de su identidad real, del Ser. El “yo egoico” es principalmente una defensa contra la vergüenza, especialmente la vergüenza por la pérdida del control, de la posición social o de la imagen irreal que tienen de sí mismos. Pero la vergüenza no es un castigo, en realidad es una especie de sistema de alerta, es una motivación para reflexionar, detenernos y volver ser fieles a valores más profundos. Al hacerlo así, nos damos cuenta de que es la única forma de aliviar esa vergüenza, ya que, si intentamos evitarla buscando el estatus, al final solo queda un falso orgullo, frágil, o la soberbia.

Ahora sabes que la preocupación por lo que quieres de los demás, por mantener el foco en el exterior, por ser lo que no eres, te garantiza que vas a violar tus valores más profundos. Te estás diciendo: “No puedo ser la persona justa, responsable, compasiva y cariñosa que realmente soy, hasta que otros hagan lo que yo quiero o vean el mundo tal como yo quiero que lo vean”. En un escenario más amplio “No puedo ser un buen ciudadano hasta que el gobierno lo haga bien”.

Pero esto nos lleva a una reflexión más. Si enfrento las cosas así, lo que estoy haciendo es descargar la responsabilidad de mis fracasos y mis frustraciones en los demás, pero también eludo la responsabilidad de mi felicidad, mi bienestar y de acercarme a una vida más plena, ya que, contrariamente a lo que parece, estoy cediendo mi poder personal a los demás, a los otros, a lo que piensen de mí.

La única posibilidad real de cambiar el comportamiento de otras personas es cambiar cómo reaccionan a nuestras acciones, es decir, cambiar tus conductas y tu comportamiento emocional y, debido a ello, y gracias a la reciprocidad de emociones, es probable que otras personas respondan de manera más adecuada a tu nuevo comportamiento emocional, mejorando el nivel de empatía.

Pero obtener reacciones favorables de los demás es solo el adorno de la tarta. Todo pastel debe ser horneado también por dentro, preparando el interior. Te sentirás con más autenticidad y más fiel a ti si te concentras en lo que quieres dar, en lugar de lo que quieres conseguir. Como dijo Gandhi, la mejor forma de encontrarte a ti mismo, es ponerte al servicio de los demás.

Pero no tomes las palabras de Gandhi al pie de la letra. Piensa en tu propia experiencia, en primer lugar, la diferencia de sensaciones que hay entre dar en lugar de coger. ¿Cuál te proporcionó la mayor satisfacción a nivel de valor personal? ¿Qué produjo un bienestar más duradero?

Manifestando los valores, el cerebro adulto.

Cuando somos niños pequeños, necesitamos ser valorados más de lo que valoramos a los demás, es normal y natural; la corteza prefrontal cuando somos niños no está suficientemente desarrollada como para regular el valor propio y crear valores que anulen los impulsos y las preferencias. Sin embargo, esto sí que sucede cuando somos adultos. El valor necesita manifestarse en nosotros, salir a través de nuestros actos, no dejarlo encerrado en nuestro interior. Una auténtica sensación de autovaloración depende de la cantidad de valor que creamos, que compartimos. Si tomamos como ejemplo el Amor, solo te sientes bien amado si amas. Además de un aumento temporal del ego, recibir más amor del que damos produce una sensación de culpa, generado por la idea de que obtenemos algo que no merecemos, o peor, una sensación de inadecuación, debido a la incapacidad de devolver lo que recibimos. Y lo que es más importante, si parece que necesitamos valor adicional, como lo hacen los niños pequeños, nos sentimos vacíos e impotentes. Y eso nos puede llevar a una baja autoestima, creando una vida casi desprovista de significado, plagada de obstáculos o resentimiento, y eso nos puede generar depresión o llevarnos a buscar ofensas o enfrentamiento sin una causa real.

Aquellos que se acercan a estas emociones desde el cerebro infantil sufren la ilusión de tener un agujero interior, un agujero que alguien debe llenar. Esto los hace fácilmente susceptibles a la manipulación, si no a la explotación; tienden a encontrar relaciones con las que buscan rellenar ese “agujero” emocional que imaginan. También se vuelven manipuladores a su vez. Y eso hace que se establezcan patrones de desequilibrio en las relaciones.

Sin embargo, cuando una persona se siente completa, y enfoca el amor desde el cerebro adulto, se responsabiliza de sus propias emociones y de sus conductas. Si enfocamos el la emoción amorosa como un proceso de equilibrio, encontraremos relaciones más estables que satisfagan a las dos partes y que, al mismo tiempo, no aten a ninguno de los miembros. Trágicamente, la ilusión de tener agujeros emocionales fomenta el auto abuso y el abuso de los demás. El auto abuso a veces es directo, como en los casos de automutilación, a través de los cuales se busca obtener atención y, también, sentirse vivos. En algunos casos se da por la frustración al no recibir el amor y la atención que buscan, tratando con ello de salir del entumecimiento emocional que la frustración les crea.

A veces, los comportamientos de autoagresión son intentos de evitar el dolor o la incomodidad, como en la bebida, el consumo de drogas y el descuido de la salud y el bienestar. También puede tomar la forma de abusar de las personas que amas, que puede ser el peor tipo de daño auto infligido.

Afortunadamente, comprender que todo nace del ego, que todo es una ilusión y que, como tal, está en nuestra cabeza y por ello es un hábito, nos da la certeza de que podemos acabar con el sufrimiento generado por el ego, ya que los hábitos pueden cambiarse, así como las conductas inadecuadas. Podemos desarrollar nuevos hábitos de resiliencia, de compasión (hablaré otro día de la compasión interior) por uno mismo y por los demás, y el hábito de mejorar, de apreciar, de conectar y de proteger.

Al final del trayecto, después de haber decidido empezar el viaje hacia ti mismo, te conviertes en la persona que deseas ser, generando un comportamiento consistente y enfocado,  unas acciones de acuerdo con tus valores más profundos y humanos, un compromiso con tu propio Ser.

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